Capítulo 10: Una figura solitaria

Entonces Manuela e Irene atravesaron la puerta y aparecieron en el hall de una gran mansión, con grandes lamparones, infinitas puertas hacia infinitos lugares y sin seña alguna de hacia dónde deberían ir para salir de aquel lugar.

- Irene: Mierda.
- Manuela: Por una vez hemos pensado lo mismo.
- Irene: ¿Estás pensando en la tranca de Nacho Vidal?
- Manuela: Olvídalo... Bien, ¿tú qué opinas?
- Irene: Que la crisis se está cargando el mundo.
- Manuela: ¡Que por dónde irías tú!
- Irene: ¡Ah! Pues yo que sé... Probemos por la puerta de la izquierda, y vamos alternando.
- Manuela: No queda otra que ir una a una.
- Irene: Sí, hija, sí.

Atravesaron una de las puertas, la que Irene decía, y fueron recibidas por un humo fino y acre y por el tenue parpadeo de un fuego que hacía bailar las sombras en las paredes. Era un comedor, y había sido bonito, con las mesas cubiertas de manteles de lino y las ventanas, tapiadas para no dejar salir a nadie, con cortinas de color crema. Estaba destrozado. Por todas partes había platos y vasos rotos, mesas volcadas, manteles empapados de sangre y vino derramado. Y cerca del fondo, una figura solitaria se hallaba encorvada sobre una mesa. El extremo del mantel estaba ardiendo y las llamas ascendían lentamente. Irene vio una lámpara de aceite hecha pedazos junto a la mesa; ése debía de ser el origen del fuego, y aunque éste aún era pequeño, no lo sería por mucho rato.
El hombre apoyado sobre la mesa estaba absolutamente inmóvil, y cuando Manuela se acercó vio que no era una persona normal. Se trataba de un hombre mayor, de aspecto distinguido, vestido con un traje marrón y con el cabello blanco engominado peinado hacia atrás. Tenía la cabeza apoyada sobre el pecho, como si se hubiese quedado dormido durante la cena. ¿Un ataque al corazón? ¿O se habría desmayado? No parecía que hubiese nadie más en el salón. Manuela se aclaró la garganta mientras se acercaba a él.

- Manuela: Perdone (deteniéndose junto a la mesa y notando que el hombre tenía el rostro y las manos mojadas y que brillaban ligeramente bajo la luz del fuego). ¿Señor?

No obtuvo respuesta. Pero el hombre respiraba. Manuela podía ver cómo se le movía el pecho.

- Irene: Mírale, que parece la Shakira.

Manuela se inclinó sobre él y le puso la mano en el hombro.


- Manuela: ¿Señor?
- Irene: Manuela. Cuidado.

El hombre comenzó a alzar la cabeza y a volver el rostro hacia ella. Se oyó un sonido enfermizo y húmedo, como de labios chupando algo viscoso, y la cabeza del hombre resbaló por el torso y cayó al suelo. El sonido húmedo se hizo más fuerte. El cuerpo decapitado comenzó a temblar, a bullir, como si estuviera lleno de algo vivo. Manuela retrocedió tambaleante, y gritó con todas sus fuerzas cuando el cuerpo del hombre se desmoronó como bloques mal apilados y cayó al suelo en grandes pedazos. Cuando los trozos golpearon el suelo se desintegraron y la tela del traje cambió de color: se volvió negra y se convirtió en muchas cosas, cada una del tamaño de un puño.

- Irene: Babosas, son como babosas…

Babosas con filas de minúsculos dientes. No babosas sino sanguijuelas, gordas, redondas y de algún modo capaces de imitar la figura de un hombre, incluso la ropa de un hombre.

- Manuela: ¡No es posible, esto no puede estar pasando!
- Irene: ¿Lo del aeropuerto otra vez? Hija yo me cago en tu puta madre, ¿no puedes tener amigos más normales?

Manuela retrocedió más, enferma de terror, mientras las criaturas se juntaban de nuevo y se mezclaban unas con otras en una masa anormal e hinchada hasta formar una brillante torre de oscuridad. Se remodelaron, adquirieron forma y color, y de nuevo fueron el hombre mayor que Manuela había visto. Las miró horrorizada, sin poder creer lo que veía. Incluso sabiendo que estaba formado de cientos, tal vez miles, de desagradables criaturas, no podía ver los espacios entre ellas, no hubiera podido saber que no era un hombre excepto por lo que ya había visto con sus propios ojos. El tono del traje, la forma y el color del cuerpo… La única pista de que no era un hombre era el extraño brillo de su piel y de su traje. El falso hombre extendió el brazo hacia atrás, como si estuviera a punto de lanzar una pelota, y luego lo llevó de golpe hacia adelante.

- Manuela: ¡Ah!
- Irene: ¡Hija!

No hay comentarios:

Publicar un comentario