El brazo de la criatura se alargó de forma imposible. Manuela se hallaba al menos a cinco metros, pero la brillante mano húmeda dio un manotazo al aire a sólo unos centímetros de su rostro. Manuela tropezó con sus propios pies en su prisa por salir de allí y cayó al suelo, mientras el brazo se recomponía de nuevo, volvía a ir hacia atrás y se preparaba para un nuevo ataque.
- Irene: ¡Manuela! Tengo que hacer algo (mientras corre hacia un sitio que Manuela no alcanzaba a ver).
- Manuela: ¡Espera, no te vayas!
La criatura ni se detuvo antes de lanzar de nuevo el brazo contra ella. Manuela lo esquivó como pudo, pero la mano la alcanzó y le golpeó ligeramente la mejilla izquierda. La joven gritó de nuevo, más por la sensación de la mano que por la fuerza del golpe. Era una sensación fría, áspera y viscosa, como piel de tiburón mojada en una ciénaga fangosa. Y, antes de retirarse, esa mano la golpeó de nuevo y Manuela se retiró un poco más sobre sí misma. Esa cosa estaba acorralándola cada vez más. En esos instantes, se oyó un grito de guerra y apareció Irene con una pistola entre sus manos, corriendo hacia el monstruo.
- Irene: ¡Oh! ¡Vas a aprender a no meterte con la familia Mcoubras!
- Manuela: ¡La pistola! ¡Dispara ya!
- Irene: ¡Que sí!
Alzó el arma y disparó. Los dos primeros tiros fallaron el blanco, pero el tercero y el cuarto desaparecieron entre el tambaleante cuerpo de la cosa. Pudo ver la falsa piel formar ondas cuando las balas la alcanzaron. El traje y el cuerpo que había debajo se movieron ligeramente, como si Irene y Manuela los vieran a través de las ondas que produce el calor sobre el asfalto en un día de verano. La cosa volvía a atacar como si nada y, antes de retirarse, esa mano la golpeó y le hizo soltar la pistola. El arma resbaló por el suelo y se detuvo bajo una de las mesas.
- Irene: ¡Ah! ¡La pistola! ¡Se ha ido!
- Manuela: ¿Cómo se va a ir? Te la ha tirado.
- Irene: ¡Eso!
- Manuela: ¡Ve a por ella, yo le distraeré!
- Irene: (mientras corre hacia el arma) ¡No te mueras sin mi permiso pedazo de perra!
El hombre dio otro paso tambaleante. Ya estaba lo suficientemente cerca como para que su siguiente golpe no fuera fácil de esquivar, y Manuela sólo tuvo tiempo de pensar que era mujer muerta.
- Irene: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Decía mientras le disparaba una y otra vez y la criatura retrocedía torpemente. Manuela se encogió por el sonido del disparo mientras se ponía en pie con dificultad. Los primeros disparos desaparecieron dentro de la forma, como antes, pero los tiros siguieron.
- Irene: ¡Que te mueras ya, coño!
Encontraron el rostro maduro y brillante del monstruo y sus relucientes ojos. Un líquido oscuro brotó de repentinas aberturas en el grupo mientras las sanguijuelas saltaban en pedazos. En el sexto o séptimo tiro, el hombre cosa comenzó a deshacerse en sus componentes, y los pequeños animales negros se arrastraron hacia una puerta que llevaba a otra estancia en cuanto tocaron el suelo. Manuela miró hacia la puerta y vio a Irene de pie, en la clásica posición de tirador, el arma agarrada con ambas manos y la mirada fija en la monstruosidad que tenían ante sí mientras ésta completaba su silencioso desmoronamiento y volvía a ser muchas criaturas.
- Irene: Jaque mate, colega.
Las sanguijuelas seguían dirigiéndose hacia la puerta, mientras Irene intentaba pisarlas mientras decía "¡Eh, que se escapan, eh!" y éstas dejando marcas de mucosidad sobre el suelo cubierto de restos y sobre las paredes manchadas. Se deslizaron sin esfuerzo sobre los huecos de aquel metal oxidado y desaparecieron completamente de la estancia. Al parecer, habían finalizado su ataque.
- Manuela: Joder, eso fue muy intenso.
- Irene: Joder, ni cuando me colé en el despacho oval sentí tanta adrenalina.
- Manuela: Hay que seguir a esas sanguijuelas.
- Irene: Sí hombre, para que nos maten.
- Manuela: Qué crees... ¿Que yo quiero seguirlas? Las sanguijuelas son lo que más miedo me da en este mundo. Parece como si alguien o algo las hubiera puesto aquí para paralizarme de terror. Pero si huyen será por algo.
- Irene: Porque soy grandiosa y les he pegado la paliza de sus vidas.
- Manuela: Déjate de chorradas. Tenemos que seguir, a ver qué nos depara la siguiente estancia.
- Irene: Sí.
Ambas, decididas, continuaron hacia adelante mientras dejaban atrás el ahora totalmente silencioso comedor de la mansión.
- Irene: ¡Manuela! Tengo que hacer algo (mientras corre hacia un sitio que Manuela no alcanzaba a ver).
- Manuela: ¡Espera, no te vayas!
La criatura ni se detuvo antes de lanzar de nuevo el brazo contra ella. Manuela lo esquivó como pudo, pero la mano la alcanzó y le golpeó ligeramente la mejilla izquierda. La joven gritó de nuevo, más por la sensación de la mano que por la fuerza del golpe. Era una sensación fría, áspera y viscosa, como piel de tiburón mojada en una ciénaga fangosa. Y, antes de retirarse, esa mano la golpeó de nuevo y Manuela se retiró un poco más sobre sí misma. Esa cosa estaba acorralándola cada vez más. En esos instantes, se oyó un grito de guerra y apareció Irene con una pistola entre sus manos, corriendo hacia el monstruo.
- Irene: ¡Oh! ¡Vas a aprender a no meterte con la familia Mcoubras!
- Manuela: ¡La pistola! ¡Dispara ya!
- Irene: ¡Que sí!
Alzó el arma y disparó. Los dos primeros tiros fallaron el blanco, pero el tercero y el cuarto desaparecieron entre el tambaleante cuerpo de la cosa. Pudo ver la falsa piel formar ondas cuando las balas la alcanzaron. El traje y el cuerpo que había debajo se movieron ligeramente, como si Irene y Manuela los vieran a través de las ondas que produce el calor sobre el asfalto en un día de verano. La cosa volvía a atacar como si nada y, antes de retirarse, esa mano la golpeó y le hizo soltar la pistola. El arma resbaló por el suelo y se detuvo bajo una de las mesas.
- Irene: ¡Ah! ¡La pistola! ¡Se ha ido!
- Manuela: ¿Cómo se va a ir? Te la ha tirado.
- Irene: ¡Eso!
- Manuela: ¡Ve a por ella, yo le distraeré!
- Irene: (mientras corre hacia el arma) ¡No te mueras sin mi permiso pedazo de perra!
El hombre dio otro paso tambaleante. Ya estaba lo suficientemente cerca como para que su siguiente golpe no fuera fácil de esquivar, y Manuela sólo tuvo tiempo de pensar que era mujer muerta.
- Irene: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Decía mientras le disparaba una y otra vez y la criatura retrocedía torpemente. Manuela se encogió por el sonido del disparo mientras se ponía en pie con dificultad. Los primeros disparos desaparecieron dentro de la forma, como antes, pero los tiros siguieron.
- Irene: ¡Que te mueras ya, coño!
Encontraron el rostro maduro y brillante del monstruo y sus relucientes ojos. Un líquido oscuro brotó de repentinas aberturas en el grupo mientras las sanguijuelas saltaban en pedazos. En el sexto o séptimo tiro, el hombre cosa comenzó a deshacerse en sus componentes, y los pequeños animales negros se arrastraron hacia una puerta que llevaba a otra estancia en cuanto tocaron el suelo. Manuela miró hacia la puerta y vio a Irene de pie, en la clásica posición de tirador, el arma agarrada con ambas manos y la mirada fija en la monstruosidad que tenían ante sí mientras ésta completaba su silencioso desmoronamiento y volvía a ser muchas criaturas.
- Irene: Jaque mate, colega.
Las sanguijuelas seguían dirigiéndose hacia la puerta, mientras Irene intentaba pisarlas mientras decía "¡Eh, que se escapan, eh!" y éstas dejando marcas de mucosidad sobre el suelo cubierto de restos y sobre las paredes manchadas. Se deslizaron sin esfuerzo sobre los huecos de aquel metal oxidado y desaparecieron completamente de la estancia. Al parecer, habían finalizado su ataque.
- Manuela: Joder, eso fue muy intenso.
- Irene: Joder, ni cuando me colé en el despacho oval sentí tanta adrenalina.
- Manuela: Hay que seguir a esas sanguijuelas.
- Irene: Sí hombre, para que nos maten.
- Manuela: Qué crees... ¿Que yo quiero seguirlas? Las sanguijuelas son lo que más miedo me da en este mundo. Parece como si alguien o algo las hubiera puesto aquí para paralizarme de terror. Pero si huyen será por algo.
- Irene: Porque soy grandiosa y les he pegado la paliza de sus vidas.
- Manuela: Déjate de chorradas. Tenemos que seguir, a ver qué nos depara la siguiente estancia.
- Irene: Sí.
Ambas, decididas, continuaron hacia adelante mientras dejaban atrás el ahora totalmente silencioso comedor de la mansión.

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