El ascensor todavía no había llegado, así que José sacó otro cargador de una de las cajas del lugar y lo introdujo con una palmada y un chasquido, y luego disparó contra lo que podía ver: una forma con seis patas, una silueta que ya había perdido todo parecido con un ser humano. El proyectil atravesó uno de los musculosos hombros, y la criatura saltó. Cayó al suelo como si se tratase de una especie de bestia salvaje y arácnida y aterrizó a pocos metros de donde ellos estaban. Su pecho se había convertido en una pared de dientes extraños, de pinchos, que se abría y se cerraba al son de sus jadeos… y en ese momento gritó de nuevo. Era un sonido demoníaco, completamente diferente a cualquier otra cosa que hubieran oído antes. Parecían los gritos moribundos de un millar de almas condenadas al infierno. En ese momento José disparó dos veces contra el puñado de dientes y retrocedió. Aprovecharon para correr y rodear la estantería que tenían a la derecha para regresar al ascensor. Oyeron los atronadores pasos justo a sus espaldas, y supieron que no podían parar de ninguna manera. Dieron otro giro, luego atravesaron de nuevo el centro de la estancia… y algo golpeó a Jonathan en la espalda y lo lanzó disparado hacia adelante y hacia el suelo: la bestia se había abalanzado contra él y lo había embestido. Jonathan rodó sobre sí mismo y la criatura se colocó enseguida encima de él, con sus dientes goteantes de saliva preparados para atravesarle el cráneo mientras las patas lo mantenían inmovilizado. El villano colocó el cañón de la pistola justo debajo de la babeante barbilla y apretó el gatillo una y otra vez mientras gritaba, vaciando el cargador de pesados proyectiles en la cabeza de la criatura. La bestia aulló y pataleó para terminar, finalmente, cayendo a un lado de Jonathan. El enorme y alucinante animal todavía estaba aullando cuando Jonathan se puso en pie y se acercó junto a José a la carrera al ascensor. Entraron y se dieron la vuelta, pulsando el botón de subida. Vieron que la bestia se estremecía, cambiaba y aullaba, al mismo tiempo que despedía trozos de carne y hueso y chorreones de sangre, luego se daba la vuelta y volvía a dirigirse hacia el ascensor. Tomó velocidad con cada paso tembloroso. La puerta se fue cerrando con gran lentitud, y la criatura casi volaba ya… Jonathan y José, esta vez juntos y al unísono, agarraron bien sus armas y apretaron el gatillo. Los impactos dieron de lleno a la criatura en distintos lugares de su pecho y la hizo retroceder… justo cuando la puerta se cerró.