El sonido percibido bajo los pies de Jonathan y José indicaba que el metal bajo sus pies estaba siendo rasgado… Después, ningún otro ruido. Una única luz, que parecía de emergencia, en el centro de la base del ascensor se encendió justo cuando aquella criatura, que había perdido todo remoto parecido a un ser humano con excepción de un extraño tumor pulsante que tenía a un lado parecido a una burbuja, destrozó parte del suelo e intentaba entrar a asesinarlos de una vez por todas. La criatura no era otra cosa que una gigantesca burbuja de materia oscura y pegajosa. José no pudo calcular su altura. La cosa tenía extendidos unos gruesos cordones de su ser, unos tentáculos de materia elástica húmeda que estaban agarrados a todos los espacios posibles que tenía delante de sí. Y mientras José la miraba fijamente, aquella bestia se arrastró hacia adelante cuando los oscuros miembros se contrajeron, haciendo avanzar unos pocos centímetros la masa de su enorme cuerpo. No estaba loco. Estaba viendo la realidad, estaba viendo el cambio de colores oscuros de su superficie: negro, rojo, verde púrpura a lo largo de sus tentáculos cuando se extendieron de nuevo. Aquel material viscoso se pegó de algún modo a las superficies metálicas del montacargas, arrastrándose unos cuantos centímetros más. El cuerpo en sí era poco más que una enorme boca, una húmeda abertura en la que todavía se veían dientes… y que los alcanzaría en poco tiempo si no salían inmediatamente de su estupor asqueado. Jonathan apuntó hacia el gigantesco agujero que era su boca y apretó el gatillo. José tiró de la corredera de su arma, pues ésta se había encasquillado, y dejó caer un casquillo vacío al suelo a la vez que apretaba el gatillo sin vacilar, pero ya se había quedado sin munición, y la gigantesca cosa semilíquida todavía seguía avanzando sin dar indicios de detenerse. No sabía cómo matarla. Ni siquiera sabía si los disparos de Jonathan le habían causado algún daño.
Irene, mientras, no podría hacer nada para impedir que la criatura José la alcanzara.
- Irene: Bueno, al menos moriré dignamente.
José tropezó con una de las rejas metálicas de la puerta y a duras penas logró no caerse. La sangre salpicó el suelo cuando dio otro paso tambaleante.
- Irene: Por favor, que sea rápido… ¡Ah, e incineración, que el entierro es muy caro!
- Isaac: ¡Toma! ¡Utiliza esto!
Irene se giró, vio que José se estaba poniendo en posición para lanzarse en otro de sus letales ataques… y también vio de lejos a Isaac como una silueta que estaba en lo alto, en la pasarela ya justo sobre ellos. Le tiró algo…
- Irene: ¿Condones?
El objeto repiqueteó al caer en el suelo y se deslizó hasta detenerse entre ella y José. Era de metal, de un metal plateado… Irene lo había visto antes, en las películas: era un lanzacohetes… y corrió hacia él. Una nueva esperanza final, otra oportunidad, aunque fuera muy leve, para que ella y Isaac sobrevivieran, así como Manuela, allá donde estuviese en esos instantes.
- Irene: Bah, Manuela tampoco importa tanto. Ella no me dará sexo luego.
Se agachó para recoger el arma y vio a José, que se abalanzaba hacia ella, con el sonido de sus pasos atronando en el aire y estremeciendo el suelo… En ese preciso instante, Irene agarró la pesada arma y dio una patada al suelo para rodar de espaldas. Su tembloroso dedo encontró el hueco del gatillo y su cuerpo se movió para acomodarse al arma. Culata en el suelo, brazos alrededor del cañón del frío metal. Apuntó…
- Irene: Bueno, un par de misiles… No creo que la cague dos veces, sino ya es que me suicido yo misma.
El monstruo sólo estaba a unos pasos de ella cuando el ruido de uno de los disparos surgió con un rugido atronador, con una cadena de pequeñas explosiones que sacudieron por completo el cuerpo de Irene… y se estrellaron contra el suelo que pisaba el monstruo.
- Irene: ¡Oh, es como un vibrador!
La fuerza bruta de tantos impactos lo detuvo en mitad de un paso… y lo obligó a retroceder. Los fragmentos de escombros atravesaban el abdomen de la criatura, tantos y con tanta rapidez, que Irene ni siquiera pudo oír sus propios gritos de alegría y exaltación, ni tampoco sus jadeos de dolor… José seguía intentando avanzar, pero algo extraño estaba sucediendo, algo extraño y maravilloso: sus tripas estaban siendo despedazadas por el interminable chorro de proyectiles, y el agujero en su abdomen iba ganando profundidad mientras unos fluidos negros bajaban hasta sus piernas procedentes de la tremenda herida. La boca de José estaba abierta, y era un agujero negro y vacío como la cuenca de su ojo derecho o los trozos de mundo que eran absorbidos mientras la lucha se llevaba a cabo, y al igual que la cuenca, un líquido espeso salía de ella, oscureciendo los rasgos inmisericordes de su cara.

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