Irene, mientras, había aporreado la puerta y había visto que tenía la hendidura que Manuela vio previamente.
- Irene: ¿Y esto qué coño es? ¿Para meter la ...? Qué cerradura más rara… ¿Eso es latín?
Entonces escuchó los gritos de su hija y emprendió la marcha para buscar la llave o lo que sea que abriera esa cerradura.
- Irene: La perra me necesita.
Después de dejar a Manuela, sin saber cómo, había atravesado una cocina situada en una de las entradas del pasillo.
- Irene: Yo no sé cómo, pero esto antes no estaba. Así que a mí no me vengáis con tonterías. Esto me suena a recurso narrativo pobre, no me jodas.
Rebosaba de sangre y de utensilios culinarios caídos por todos lados, pero por lo demás parecía vacía. La guarrilla estaba comenzando a preguntarse en dónde demonios estaba, pues todo por lo que estaban pasando era surrealista.
- Irene: ¿Cómo me has llamado, preñaperras?
Le patinaron los pies sobre un charco de aceite mientras inspeccionaba la cocina, pero aparte de eso su búsqueda transcurría sin incidentes.
- Irene: ¡La ostia, alguien ha echado aquí la chorra!
- Irene: A ver… Voy a poner en práctica las clases que me dio mi hija. “No muertos… Abrir… Adentro”. Ah, pues perfecto, es por aquí.
La puerta estaba cerrada con llave, pero había una especie de trampilla a la altura del suelo con una cubierta que no le costó levantar. No le gustaba la idea de arrastrarse por un agujero oscuro, pero sólo era un corto túnel, de un par de metros.
- Irene: (hablando consigo misma) A ver… No pienses en nada. Tú busca la llave, encuéntrala, y reúnete con la degenerada de tu hija. Y ya está. (recalcando) Y ya está.
Después de arrastrarse claustrofóbicamente por lo que, por suerte, había sido un corto trecho, se levantó en un espacio de almacenamiento apenas iluminado por una única bombilla. Había cajas y bidones a lo largo de las paredes, la mayoría ocultos entre las sombras. Nada se movía. Irene se acercó con el arma por delante y los brazos extendidos y vio oscuridad y movimiento al otro lado. “Clic”.
- Irene: ¿Alguien ha cambiado de canal? ¡Joder, que ahora es mi momento!
Se oyó ese ligero sonido a su espalda y apuntó hacia la nada con el corazón golpeándole dentro del pecho. El sonido no se repitió. Después de un tenso instante, Irene respiró hondo y sacó todo el aire.
- Irene: ¡Ah, que me asfixio!
- Narrador: Casi todo el aire.
- Irene: Ale, arreando. Que es participio.
El almacén parecía ser seguro. Dudaba de que hubiera una llave en este lugar, pero al menos podría decir que lo había registrado. “Clic. Clic. Clic-clic-clic”. Irene se quedó helada. El sonido estaba justo a su lado, y sabía qué era; cualquiera que hubiera tenido un perro lo sabría: el golpeteo de las uñas sobre una superficie dura. Movió lentamente la cabeza hacia la derecha, donde vio que había un par de cestas para perros, ambas con la puerta abierta. Y saliendo de las sombras, detrás de la más cercana… Todo pasó muy de prisa. Con un furioso gruñido, el perro saltó. Irene tuvo tiempo de apreciar que era enorme, estaba infectado y destrozado.
- Irene: ¡Ah, pulgoso!
Luego, su pie derecho se alzó en un acto reflejo. Lanzó una violenta patada y le dio a la criatura en el costado del enorme pecho.
Con un horrible sonido húmedo, oyó y notó como un gran trozo del pecho del animal se hundía, la piel se separaba del músculo grisáceo y un pedazo de pellejo apelmazado se le pegaba a la suela del grasiento zapato.
- Irene: Más te vale pagarme unas nuevas, que ya perdí unas en el congreso. ¡Hijo de perra!
Increíblemente, el perro siguió avanzando como si no notara la herida, con las goteantes fauces abiertas.
- Irene: Mírale, que tiene más hambre que el perro de un ciego… Nunca mejor dicho.
La atraparía antes de que ella pudiera levantar el arma, estaba segura. Casi podía sentir los dientes clavándosele en el brazo, y también supo que un mordisco de ese perro la mataría, la transformaría en uno de los muertos vivientes. Pero antes de que los dientes llegaran a tocarla, se le fue el otro pie, manchado de aceite, y resbaló.
- Irene: ¡Ah! ¡La ostia! ¡Nada más que hay mierda aquí!
Irene cayó al suelo y se golpeó la cadera, pero el perro pasó sobre ella, soltando un penetrante olor a carne podrida.
- Irene: ¡Huele a cuando Manuela tiene la regla!
El perro llegó a tocarla. Llevado por el impulso, una de las patas traseras le había pisoteado el hombro izquierdo al pasar sobre ella.
- Irene: ¡Fuera de aquí!
Su afortunada caída sólo le había regalado un segundo. Irene rodó sobre su estómago, extendió el brazo y disparó.
- Irene: ¡Hum!
- Irene: Ahora todo está claro, el perro tenía la regla de verdad.
Irene se alejó arrastrándose y se puso en pie. Estaba dispuesta a apostar a que la sangre del perro estaría caliente y sería altamente infecciosa. Se raspó la suela del zapato contra una de las perreras y esperó que el húmedo sonido de desgarro se le borrara de la memoria con la misma facilidad. De repente, vio algo brillando en las sombras. Se inclinó y recogió un pequeño anillo de oro grabado con un dibujo poco corriente. No parecía ser de oro auténtico y probablemente no valía nada, pero era bonito. Y teniendo en cuenta todo lo sucedido, se podía considerar afortunada de estar ahí contemplándolo.
- Irene: ¡Anda! ¿De qué me suena esta inscripción? ¿”Simul in sempiternum”? (se queda un rato pensativa) ¡Ah, la puerta!



No hay comentarios:
Publicar un comentario