Capítulo 26: Evasión a la desesperada (parte 5)

El ascensor donde estaban Jonathan y José comenzó a subir. Aunque no como ellos habían esperado, con una lentitud considerable. La amplia plataforma se deslizó una fracción de diez segundos. El cuerpo de los dos empezó a estremecerse, con la tensión agitando sus músculos y agarrotándolos de tal modo que les costaba respirar. ¿Qué estaba ocurriendo esta vez? Un instante después se produjo una fuerte explosión bajo el ascensor que lo hizo temblar pareciendo que se fuera a caer y jamás fuesen a salir de allí. Un ruido apagado y un aullido amortiguado que fue creciendo y creciendo de volumen hasta convertirse en un rugido descomunal hizo al ascensor agitarse de forma violenta de un lado a otro con una fuerza terrible, y se vieron arrojados al suelo de metal al mismo tiempo que una brillante luz parpadeó a través del espacio entre los huecos del ascensor, como si los ruidos de un accidente de coche los rodearan por todos lados, a la vez que bajo el suelo sonaban unos pesados golpes… Y el ascensor continuó su marcha. Continuó su marcha, la luz desapareció, y ellos seguían vivos. El cegador resplandor disminuyó de potencia y desapareció. Jonathan y José sintieron cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Jonathan giró hacia un costado y José hacia otro, situándose uno a cada esquina de ese gran ascensor para cargas mayores, mientras se incorporaban lentamente.

- Jonathan: ¿Todo bien?
- José: Bueno… Casi me da un infarto hace unos segundos, pero por el resto, todo bien.
- Jonathan: Genial entonces.

Sus caras expresaban claramente lo que sentían: asombro, cansancio, incredulidad, esperanza. Oyeron una vez más el distante chirrido de metal doblado procedente de algún punto bajo la superficie del ascensor, pero Jonathan no se sorprendió en absoluto, ni vio reflejado ese sentimiento en sus rostros.

- Jonathan: Es ella otra vez.
- José: ¿Qué es lo que quiere?
- Jonathan: Venganza.

El único sonido que se oía desde donde Irene y Isaac estaban era el leve chasquido de la piel del monstruo al enfriarse, aunque todavía humeaba, hasta que dio un paso desde la escalera y el cemento crujió bajo una pierna de color púrpura.

- Irene: A ver… Barabaram pam pam… ¿Me quedan seis o siete tiros? Los ojos, voy a atinarle en los ojos. Veras qué pronto...

Irene salió rápidamente de debajo de las sombras y alzó la pistola. Apretó el gatillo y comenzó a retroceder hacia las escaleras.

- Irene: ¡Hum! ¡Hum!

José se puso en posición para lanzarse a un nuevo ataque mientras las balas se estrellaban contra su cara derretida. Dos de los proyectiles rebotaron cuando él giró la cabeza para centrarse en ella.

- Irene: ¡Ven aquí, feto malparido!

Ella ya estaba en las escaleras, subiendo un escalón de espaldas. Las balas parecían inútiles, y José comenzó a correr semiagachado de nuevo. Se le echaría encima antes de que tuviera tiempo de darse la vuelta, antes de que pudiera subir por las escaleras.

- Irene: Bueno… Voy a palmar… Pero al menos, le haré daño antes…

José dio uno, dos pasos enormes y redujo a la mitad la distancia que los separaba mientras Irene apuntaba con cuidado, decidida a sacar el máximo partido posible a sus últimos disparos. Sólo deseaba incapacitar todo lo que pudiera a José antes de que la matara para, al menos, dar una oportunidad a Isaac. Disparó, y el ojo izquierdo del monstruo explotó con un estallido de un líquido de color negro tinta y que salpicó todo su contrahecho rostro inhumano.

- Irene: ¡Sí! ¡Toma grano de pus mutante! (dijo mientras su pelo parecía incluso volverse lila más intenso debido a su alegría).


José se giró hacia la derecha, sin detenerse, pero sin dirigirse hacia ella… pero se estrellaría contra la base de las escaleras. Tenía que intentar acertarle en el otro ojo, y sólo le quedaban unos dos segundos… Irene volvió a apuntar con cuidado, se centró en su objetivo y…

- Irene: (desquiciada) A ver… Esto va aquí, esto aquí… ¡Oh!

No quedaban más balas y el monstruo ya estaba pisando la base de los escalones. El hedor a carne quemada la rodeó cuando la criatura levantó una de sus gigantescas manos. Por un momento, lo único que Irene pudo ver fue su enorme y terrible corpachón. En ese momento, un proyectil de lanzagranadas de Isaac impactó entre la distancia de ellos dos. Irene se encogió sobre sí misma formando una bola y se dejó caer escaleras abajo… Y lanzó un grito de dolor cuando los dedos con garras de José la arañaron profundamente a lo largo de su muslo izquierdo.

- Irene: ¡Ala, primero la celulitis y ahora esto!

Una voz distante le indicó que sólo le quedaban tres minutos. Irene se golpeó contra el suelo al pie de las escaleras, pero se puso de pie enseguida, aunque la sangre le bajaba corriendo por su pierna como un tibio latido de dolor punzante.

- Irene: (a sí misma) Tranquilízate. Tú imagínate que tienes la regla, y esa sangre que baja es de eso. Y ya está. Y ya está.

Se alejó tambaleándose, sin ningún hueso roto…, pero sabía que su pierna desgarrada sólo sería el principio de lo que el monstruo le haría, un preludio del auténtico dolor que se avecinaba. José seguía inclinado sobre la barandilla de las escaleras, pero se puso en pie mientras ella se alejaba tambaleando con la espalda vuelta hacia la puerta rota de antes. El monstruo giró su inmenso cuerpo en dirección a ella. Un extraño líquido oscuro y espeso salía de la abierta negrura de su cuenca de ojo vacía. Sin embargo, ella estaba segura de que tendría otros sentidos que compensarían la pérdida del ojo. La compensarían, le harían tomar la dirección adecuada, empezaría a correr de nuevo hacia ella… y la mataría como la máquina implacable que en realidad era.

- Irene: Bah, tampoco es para tanto. Mi madre da más miedo cuando se depila sus partes y sus gritos se oyen desde el otro extremo del monte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario