Capítulo 24: Evasión a la desesperada (parte 3)

Jonathan había llegado de nuevo a la puerta. Se giró y disparó, apuntando su arma al rostro de la criatura… Pero el rostro estaba cambiando de nuevo debido a los profundos golpes que sufrió en el patio. La mandíbula estaba bajando mientras gritaba. Unos grandes colmillos o garras salieron de lo que quedaba de su boca, de la parte superior de su palpitante pecho… y Jonathan vio, mientras la criatura rugía de nuevo con su boca mutante, que le estaban saliendo otros dos brazos de sus costados.

- Jonathan: Vaya. Esto he de tomarlo en cuenta cuando salga de aquí en mi cuaderno de notas.
- José: ¿Todo esto es un juego para ti?

Las extremidades se colocaron en su sitio, y los codos se doblaron mientras de la punta de cada brazo comenzaban a salir unos gruesos gusanos que se convirtieron en unos dedos acabados en garras. José disparó esta vez, y los proyectiles fueron muy seguidos y atravesaron con facilidad la tirante piel encima del ojo izquierdo. El monstruo rugió otra vez, pero en esta ocasión de dolor, y José le vio saltar unos cuantos trozos de hueso y un fluido púrpura con consistencia de pus, mientras un pequeño chorro de sangre negra le bajaba hasta tapar la pupila amarillenta de su ojo. El ser sacudió la cabeza a un lado y a otro, arrojando más líquido alrededor, agachándose sobre sus enormes piernas como si se tratase de una gigantesca rana mutante… y saltó al aire, hacia arriba y a la derecha. Aterrizó en una de las estanterías de más de dos metros con un gruñido animal.


- José: ¡Mierda! ¿Cómo hace eso?
- Jonathan: No creo que estés intentando buscarle el sentido a algo así. ¡Es un arma biológica, punto!

No podían verle los ojos. De hecho, no pudieron ver nada más que la espalda mientras la criatura comenzó a bajar… mientras cambiaba de nuevo. De eso no cabía duda: percibieron los húmedos chasquidos óseos antes incluso de ver las puntas de las espinas que le salieron encima de la columna dorsal de su carne púrpura. José no quería ver en lo que se estaba convirtiendo, pero Jonathan más que aterrado estaba asombrado de su propia creación. Estaba loco.
Irene había colocado las balas que había en los dos cargadores que tenía en uno solo mientras las contaba. Le quedaban en total once balas. Estaba claro que no iban a ser suficientes. Sin embargo, era lo único de lo disponía. La guarrilla alzó la pistola, preguntándose si aquél iba a ser su final. José estaba golpeando nuevamente la pared mientras parecía sufrir. Un olor parecido al de la carne quemada y a productos químicos inundaba el lugar. Irene gritó nuevamente en cuanto lo vio, cuando vio el achicharrado monstruo que estaba provocando las sacudidas del lugar, justo detrás de una pared de barras metálicas. Vio su gigantesco puño machacar la pared, pero de donde no pudo apartar la vista fue de la cara del monstruo.

- Irene: Mírale, que es más feo que mear para adentro. ¡Eh, que estoy aquí!

Su piel se había quemado por completo y había desaparecido de todo su cuerpo. Unas cuantas volutas de humo todavía se desprendían de su cráneo con aspecto de caramelo derretido, pero los ojos seguían allí: rojos y negros, lanzando un humo acre, pero repletos de vida. Sin apartar ni un instante su mirada del humeante monstruo, de su terrible y gigantesco cuerpo cubierto por músculos rojos y metálicos, tan quemados y rojos como sus impresionantes y desagradables ojos, los pensamientos de Irene se habían acelerado a tope revisando sus escasas posibilidades en un relámpago.


Sabía que no tenía ninguna esperanza de herir a la criatura, pero quizá podría distraerla lo suficiente para permitir que Isaac le rematara con el lanzagranadas. Irene apuntó a la cabeza mutante de José mientras el cuerpo humeante de la feroz criatura golpeaba brutalmente de nuevo la ya mellada pared. Cinco disparos. Cuatro de ellos se estrellaron contra el extraño material que formaba su carne, alrededor del punto donde debía encontrarse una oreja en un humano normal. El quinto proyectil salió demasiado alto, y mientras el eco de las explosiones de los disparos resonaba por el almacén, la criatura se giró lentamente hacia ella.

- Irene: (cagada de miedo) Esto… No iba a malas, ¿sabes? Practicaba, y claro... Te pusiste en medio.

José dio un único paso hacia ella, un paso gigantesco y monstruoso que lo sacó de las sombras. Era un ser odioso, sobre todo por su forma todavía humanoide, como una burla de la realidad, de la cordura de la vida. A pesar de los trozos superficiales que se veían quemados en la mayor parte de su cuerpo, su carne antinatural no había perdido nada de su elasticidad. La materia rojiza que se encontraba bajo las quemaduras se contraía y se extendía como si se tratara de auténtico músculo. Tenía todo el aspecto de un gigante despellejado salido de debajo de un edificio en llamas. Otro increíble paso y levantó los brazos, arrancando de cuajo la puerta de rejas. Las barras de hierro cayeron al suelo…

- Irene: ¡Se llama antes de entrar, gilipollas! Bueno (pensando), en principio es más lento que Alba haciendo una suma, así que al menos tengo esa ventaja…

Era la única ventaja que tenía.

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