Capítulo 28: Evasión a la desesperada (parte 7)

La mente de Jonathan se aceleró entonces en un intento por encontrar la solución, una solución que acabase de una vez por todas con el terrible monstruo que había creado él mismo. Podía separar el ascensor disparando a los remaches, pero era muy arriesgado pues todavía estaría vivo. Seguiría vivo y cambiando para poderles seguir nuevamente convirtiéndose en algo nuevo… La forma elástica de su cuerpo indefinido avanzó otro poco, así que Jonathan extendió la mano para disparar contra esos soportes de la estructura, pues no parecía haber otra elección…

- José: ¿Qué haces? ¡Vas a matarnos a los dos!
- Jonathan: A menos que…

Dudó por un momento, pero luego desenfundó la Magnum y apuntó hacia aquella criatura de existencia imposible, hacia el extraño tumor que sobresalía a través de una abertura en su carne gomosa. Apuntó con cuidado y… ¡Zas! El efecto fue inmediato y completo. El pesado proyectil atravesó la esfera semilíquida… y de la enorme abertura dentada que hacía las veces de boca salió una especie de silbido aullante como nada que él hubiera oído jamás en la tierra, como si fuera el rugido de un ser mecánico y enloquecido. Los tentáculos de materia sin forma se encogieron hacia el cuerpo y se ennegrecieron mientras se secaban… Y entonces la criatura implosionó, metiéndose dentro de sí misma, arrugándose hasta formar una bola humeante con un tamaño menor a una cuarta parte de su tamaño original. El gélido orbe se encogió igual que si se tratase de una pelota de playa que se deshinchaba, deformándose hasta convertirse en un disco grueso y luego en un charco ancho y espeso de materia burbujeante que caía por el espacio abierto dejado en su entrada.

- Jonathan: Chúpate ésa.

Dijo Jonathan en voz baja mientras las últimas burbujas explotaban. Ambos se quedaron mirando durante unos momentos, sin pensar en nada en absoluto…

- José: Por fin.
- Jonathan: (a sí mismo) Adiós, Marta.
- José: ¿Quién?
- Jonathan: Nada. Su nombre, era Marta. Lo ponía en su placa cuando aún era humana. No soy un completo monstruo, cuando provoco algo al menos me preocupo por saber a quién se lo he hecho.
- José: Si tú lo dices...

A su vez, Irene soltaba su arma al ver que Isaac aparecía desde la oscuridad.

- Irene: ¡Eh!
- Isaac: Hola. Siento haber tardado.
- Irene: ¿Bromeas? ¡Me has salvado!
- Isaac: Aún seguimos aquí.
- Irene: ¡Cuidado!

En ese momento la figura aún completa de José se postró tras Isaac alzando nuevamente su puño, mientras éste sentía el aire que se movía junto a él y el primer impulso que tuvo fue empujar a Irene, lanzándola lejos para salvarla del impacto. El monstruo le alcanzó, atravesándole el pecho y partiéndole la pierna en el proceso de una caída. Irene vio desolada cómo la sangre saltaba por todo el suelo, mientras ambos caían al suelo debido al surgimiento de un nuevo agujero negro tras ellos que les arrastraba fuertemente.

- Irene: ¡Isaac!

En ese momento, Manuela destrozó el techo del edificio y apareció tras Irene, volando y esquivando cajas.

- Irene: ¡Manuela! ¡Haz algo!

Mientras decía eso vio como el cuerpo ya muerto de Isaac era atravesado una y otra vez por las garras de José, mientras en la prisión a su cuerpo, que José había noqueado previamente, se le paraba el corazón. Irene estaba exhausta. Después de todo, demasiada suerte hubiera sido el salir de allí sin perder algo.

- Irene: ¡No!

Manuela comenzó a echar fuego intenso por los ojos, enfadada por lo ocurrido, y éste impactaba contra el cuerpo semidestrozado de José, viendo cómo la criatura se esforzaba por enfrentarse a aquella lluvia de fuego que le atravesaba, viendo cómo sangraba, cómo parecía… condensarse, cómo su enorme cuerpo se derrumbaba y su torso se hundía sobre el agujero negro, arrastrando el cuerpo inerte de Isaac en el proceso.


El fuego seguía saliendo cuando José levantó los brazos… y se partió en dos. Irene lanzó en esos instantes el segundo disparo del lanzacohetes, que sumió ambos cuerpos, el de Isaac y el de José, en una nube de humo mientras desaparecían al entrar en el vacío. De ambas mitades del monstruo siguieron saliendo más chorros de extraña sangre mientras unos grandes charcos de aquella sustancia negra crecieron alrededor de las grandes mitades del cuerpo partido e inundaron el lugar con un fuerte hedor. La criatura estaba muerta… y, en caso de que no lo estuviera ya no importaba. A menos que pudiera volver a aquel mundo imaginario del que, de todas formas, quedaban segundos para que se sumiese en la nada. El combate contra el terrible misterio que había sido José había terminado por fin, aunque con consecuencias.

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