Mientras, un helicóptero sobrevolaba la prisión en la que Jonathan y José estaban. Apenas podían verse sus paredes, pues el cielo lo cubría una gruesa capa de humo procedente de distintos incendios en las distintas partes de aquella gran cárcel. El helicóptero vislumbró en esos instantes a Jonathan y a José, que estaban concretamente en el patio de recreo rodeados de personas. La situación se había ido de las manos desde la última vez que habíamos sabido de ellos, pues la mujer solo había sido el foco inicial de una gran infección y todas esas personas eran infectados por un virus prototipo parecido al que Jonathan había usado con esos horrorosos experimentos en el aeropuerto. El helicóptero comenzó a bajar para intentar protegerlos, y al estar situado entre dos columnas unos ventanales se rompieron y alertaron al piloto, que miraba atónito. "Solo es un poco de fuego", se dijo. Pero entonces, decenas de personas saltaron para intentar escapar. Unas cayeron sobre las hélices, cubriendo de sangre los espejos del helicóptero, otros cayeron metros hacia abajo, resonando el crujir de sus huesos contra el suelo como si de nueces se trataran, y alguno logro agarrarse a las barras de metal que sirven como soporte cuando aterrizan esos vehículos.
- Piloto: ¿Qué cojones?
Entonces, tras las personas que saltaron, vinieron otras que ya no lo eran detrás. El piloto miró y vio las feroces caras de los muertos, dirigiéndose sin cesar hacia él, e intentó hacer una maniobra evasiva.
- Jonathan: Esto va a ponerse peor ahora.
- José: ¡Estúpido! ¿Cómo la has podido cagar tanto en un momento? Yo ya tenía mi plan y ahora quizás ni salgamos de aquí para llevarlo a cabo.
- Jonathan: Yo siempre tengo mi propio plan. Nadie te pidió ayuda. Además, conozco a estos seres, yo los creé. Si aún quieres vivir, no te separes de mí.
José, enfadado, no tuvo otro remedio que aceptar y asintió con la cabeza mientras el helicóptero se dirigía hacia ellos.
- José: Mierda.
- Jonathan: ¡Corre!
Un estruendoso "zas" resonó tras sus cabezas mientras se alejaban y una de las hélices le pasó a Jonathan a escasos centímetros de su cabeza.
- José: ¡Dios! Casi no lo contamos.
- Jonathan: Esto solo acaba de empezar.
A pesar de estar enfrentándose a su muerte y de estar rodeado de enfermos y moribundos mientras los restos ardientes del helicóptero seguían cayendo a su alrededor, Jonathan no pensaba en otra cosa que seguir con vida y se lanzó de cabeza para ponerse a cubierto detrás de un banco mientras el patio se estremecía y retumbaba. Un enorme trozo del helicóptero humeante se estrelló contra el suelo en la parte más alejada del lugar y roció a los soldados y a los prisioneros, todos en distintas fases de putrefacción, con chorros de combustible en llamas. Unos arroyos relucientes de gasolina ardiendo recorrieron el suelo como lava pegajosa, y cuando Jonathan se estrelló contra el suelo, sintió un dolor tremendo en la boca del estómago: dos de sus costillas se partieron al chocar con un trozo de mármol oscuro semienterrado y oculto bajo las malas hierbas que inundaban el patio. El dolor fue repentino y terrible, paralizante, pero de algún modo logró no desmayarse. No podía permitírselo. La pala de un rotor se hundió en el suelo a menos de medio metro de él y lanzó un surtidor de tierra suelta al cielo. Oyó un nuevo coro de gemidos cuando los portadores del virus protestaron sin palabras por aquella lluvia de fuego. Un guardia infectado pasó cerca de él arrastrando los pies, con el cabello envuelto en llamas y unos ojos sin vista que seguían buscando sin cesar. Jonathan se concentró en su respiración, temeroso de moverse mientras el dolor pasaba del deseo de lanzar aullidos al de simplemente gritar. José le observó e hizo lo mismo para no morir. Tenía que esperar que el dolor le cesara a su compañero un poco y poder escapar de allí junto a él, antes de que el resto de infectados lograra alcanzarles.
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