Capítulo 16: La escapada de Manuela

- Manuela: Parece aceite.
- Irene: Como el que pierdes tú.
- Narrador: Tú no estás en esta escena.
- Irene: Cierto.
- Manuela: Debo investigar.

Manuela echó un vistazo por toda la habitación y luego se dirigió hacia la puerta que había en el otro extremo del salón. Un cadáver yacía en el suelo con un arma entre sus brazos. Se trataba de una escopeta antigua, pero que le serviría para defenderse, así que la tomó y siguió hacia adelante. Sintió una extraña inquietud al cruzar el espacio abierto y apretó con fuerza el arma. Cuando ya casi había llegado al otro extremo de la sala, algo se estrelló contra el techo. El sonido fue estruendoso, ensordecedor, y el golpe tan fuerte que la lámpara que se hallaba en el lugar cayó al suelo y el cristal se hizo añicos.

- Manuela: ¡Mierda! ¡No veo nada!

Manuela buscó en sus bolsillos y halló un encendedor de gasolina que su madre le había dado hace unos años.

- Manuela: Bien.

Trató de encenderlo, pero no lo lograba. Una vez, y otra, y otra. “¡Vamos, joder!” Cuando de pronto encendió y algo la golpeó, haciéndola caer a ella al suelo y al mechero sobre el aceite, prendiendo la estancia e iluminando en parte la sala, con su consiguiente peligro. Manuela se tambaleó, pero al fin consiguió mantener el equilibrio y se volvió para mirar. En el lugar donde había estado la lámpara había una profunda hendidura. El techo estaba desprendido en parte, y mientras ella miraba, dos "cosas" gigantes se clavaron en el techo, atravesándolo otra vez a unos dos metros una de otra. Manuela las contempló asombrada, sin saber qué estaba viendo. Las agudas piezas, grandes, cilíndricas y acabadas en punta parecían estar divididas longitudinalmente, partidas por la mitad. Parecían… ¿pinzas? Se le hizo un nudo en el estómago. Eso era exactamente lo que eran, como las pinzas de un cangrejo o un escorpión gigante, y mientras las contemplaba, se abrieron mostrando unos bordes serrados. Las enormes pinzas se torcieron hacia arriba y comenzaron realmente a serrar el techo, haciendo caer a la criatura al piso. Manuela ya había visto bastante. Se dio la vuelta y corrió los escasos metros que la separaban de la puerta. Notó que la cubría un sudor frío. A su espalda, el grito del suelo torturado continuaba creciendo. Agarró el manillar de la puerta, apretó… Y estaba cerrada con llave. Claro. Se volvió justo a tiempo de ver al propietario de las enormes pinzas saltar a través del retorcido agujero que había hecho y bloquearle la única ruta de escape. Manuela se quedó mirando con la boca abierta y el cerebro paralizado ante lo imposible que resultaba la cosa que tenía delante de ella, a menos de diez metros. Podía parecerse a un escorpión, si los escorpiones crecieran hasta tener el tamaño de un coche deportivo.


El monstruo que había atravesado el techo era como un insecto, de unos tres metros de largo, con un par de pinzas gigantes y acorazadas a cada lado del rostro plano y una cola larga e hinchada que se arqueaba sobre su espalda y acababa en un aguijón curvado más grande que la cabeza de Manuela.

- Irene: Jajajaja, este narrador es un hijo de perra, pero me cae bien.

Tenía muchas patas, pero Manuela no estaba de humor para contarlas, no mientras esa cosa avanzara hacia ella, emitiendo un sonido parecido al de un motor sobrecalentado al golpear el suelo con sus articuladas extremidades. Era como una escena infernal, con la criatura emergiendo de la niebla provocada por el fuego como en una pesadilla. No había tiempo para pensar. Manuela se echó la escopeta al hombro, la montó y apuntó al cráneo plano y chato de la cosa. Debido al movimiento tambaleante de la monstruosidad, le llevó unos segundos asegurar el tiro, unos segundos que le parecieron eternos. La criatura se acercó, y a cada resonante paso los duros pelos de sus puntiagudas pezuñas arrancaban retazos de la elegante alfombra que había en el suelo. Manuela apretó el gatillo, y la escopeta le golpeó el hombro con suficiente violencia como para causarle un hematoma. Diana. La cosa lanzó un chillido agudo y un borbotón de un fluido lechoso salió a presión del cráneo acorazado. Manuela no se detuvo a evaluar el daño, volvió a apuntar y disparó.

- Irene: ¡Bum!
- Narrador: Que tú no estás en esta escena.
- Irene: Que te calles.

La cosa gritó aún más fuerte, pero siguió avanzando. Manuela vio que le quedaba un solo cartucho en el cargador. Agarró el arma fuertemente y se la colocó a la altura de la cadera.

- Manuela: Como no sirva éste estoy perdida…

El tiro le dio al monstruo en el centro de su desagradable rostro, a sólo un metro de donde se hallaba la superheroína, tan cerca que notó que el calor del residuo de pólvora le golpeaba la piel desnuda y se le incrustaba. El agudo chillido se detuvo cuando un gran pedazo irregular de exoesqueleto saltó por los aires desde la parte trasera de la cabeza del monstruo y salpicó la espasmódica cola de sangre y trozos de masa cerebral. Un temblor sacudió a la cosa, las enormes pinzas saltaron hacia fuera, abriéndose y cerrándose, y la cola aguijoneó el aire. Con un borboteante grito final, el monstruo cayó al suelo y pareció desinflarse mientras las pinzas y el resto del cuerpo dejaban de moverse. El olor que despedía, como de grasa sucia, rancia y caliente, era casi devastador, pero Manuela permaneció inmóvil durante más de un minuto, esperando para asegurarse de que el bicho estaba muerto. Podía ver por dónde habían penetrado los dos primeros tiros, ligeramente a la izquierda, aunque el último había sido bueno y había descascarillado la armadura que protegía sus negros ojos.

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